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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica"

I Trimestre de 2008 
El discipulado 

Notas de Elena G. de White 



Misión y comisión 



Sábado 15 de marzo 

Cuando los profesos seguidores de Dios tengan un conocimiento experimental de la 
verdad, buscarán cumplir las palabras de Cristo. Él les dijo a sus discípulos: "Éstas son 
las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cum- 
pliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los sal- 
rnos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras". 
Ésta es la experiencia que el Señor desea que cada adventista tenga: desea que cada 
uno adquiera un conocimiento de las Escrituras tan completo que sea como un tesoro 
de conocimiento del cual pueda extraer valiosas joyas. Entonces estará en condiciones 
de alimentar el rebaño de Dios con su Palabra. Nadie pensará que debe presentar al- 
guna teoría original para demostrar que su ministerio es exitoso; no estará buscando 
cazar nuevas y extrañas ideas que son fábulas que no tienen poder de santificar, ni pu- 
rificar, ni limpiar el alma de la suciedad del pecado. 

El maestro de la Palabra necesita doblar sus rodillas para buscar la comprensión de las 
Escrituras. Los obreros de la viña del Señor necesitan buscar constantemente en la Pa- 
labra y no en su propia imaginación, lo cual sembrará paja en medio del trigo y hará 
creer que esa paja es más importante que el trigo, para que la gloria sea para el que la 
presenta. Es tiempo de que los hombres y las mujeres que tienen la Palabra de Dios en 
sus manos no descansen hasta que el Espíritu Santo les brinde un verdadero entendi- 
miento de ella y se produzca una reforma en sus corazones. Entonces los que están 
encargados de dar el último mensaje de misericordia al mundo, mostrarán que están 
controlados por el Espíritu Santo. (Ellen G. White 1888 Materials, pp 1719, 1720). 



Domingo 16 de marzo 

El drama del fin del tiempo y el discipulado 

Cristo le dice a su pueblo redimido: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino pre- 
parado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis 
de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve des- 
nudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces 
los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te susten- 
tamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, 
o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y venimos a ti? 



Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de 
estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" (Mateo 25:34-40). 

El trabajo fiel es aceptable a Dios. El cielo sonríe sobre aquel que pacientemente reali- 
za sus obras de bien aunque signifiquen abnegación y sacrificio. Hablar es fácil, pero 
las buenas obras como cuidar a los necesitados, los huérfanos y las viudas, son frutos 
genuinos y crecen naturalmente en un buen árbol. Eso significa trabajar juntamente con 
Cristo. "La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los 
huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo" 
(Santiago 1:27). Cristo requiere actos de benevolencia, palabras bondadosas y un tier- 
no cuidado de los pobres, los necesitados y los afligidos. Cuando el corazón simpatiza 
con otros corazones que están cargados con pena y desánimo; cuando las manos le 
ofrecen ayuda al necesitado; cuando se viste al desnudo y se da la bienvenida al extra- 
ño para que tenga un asiento alrededor del fuego del hogar y para que tenga un lugar 
en el corazón, los ángeles se acercan y hay fiesta en el cielo, porque cada acto de jus- 
ticia y misericordia es como dulce música en las cortes del gran Rey. Cada acción bon- 
dadosa y misericordiosa es contada como si hubiera sido hecha a Jesús, y coloca al 
que la hace en una relación más íntima con el... 

Aquí Jesús expresa la unidad que existe entre él y sus sufrientes discípulos. Toma el 
caso de ellos como suyo propio y se identifica con ellos como si fuera él quien está su- 
friendo. Y el terrible castigo que amenaza a los que están a la izquierda no se debe a 
sus grandes pecados; no son condenados por lo que hicieron sino por lo que no hicie- 
ron. Toma en cuenta esto, cristiano egoísta: cada descuido del pobre, del huérfano y de 
la viuda, es un descuido hecho a la persona de Jesús. Se ha sido infiel a los deberes 
asignados por el cielo y se tendrá parte con los infieles {The Watchman, 4 de agosto, 
1908). 

Podemos ver que aquellos que descuidan las simples cortesías de la vida que podrían 
mostrar hacia los demás, no serán los que recibirán la felicitación como siervos fieles. 
En cambio, los que verdaderamente están conectados con Dios derraman el perfume 
de sus actos de amor y bondad. El dulce sabor de Cristo los rodea y su influencia eleva 
y bendice. Son árboles que dan fruto. Hombres y mujeres con esta clase de carácter 
rendirán un servicio práctico en hechos de bondad, fervor y labor. 

Dondequiera se levante una iglesia, el ministro no debiera considerar que sus deberes 
están terminados hasta que todos estén organizados para trabajar en orden. Cada 
miembro debiera ser un misionero. Todos debieran hacer algo para esparcir la luz de la 
verdad, porque al hacerlo crecerán espiritualmente. El hecho de que muchos profesos 
seguidores del Señor son dejados sin responsabilidades los lleva a fijar sus pensamien- 
tos en sí mismos, y al no ser entrenados para trabajar en la viña del Maestro se tornan 
ociosos. Nadie -dicen ellos- nos ha pedido que trabajemos. 

Esta disciplina misionera ha sido descuidada en muchas de nuestras iglesias, porque el 
tiempo y el trabajo de nuestros ministros no se han dedicado a mantenerlas saludables 
y en crecimiento mediante la obra misionera. Si se dedicara menos tiempo a sermonear 
y mucho más tiempo a educar a los miembros a trabajar inteligentemente, muchos más 
entrarían en el campo de labor como misioneros y su talento podría ser usado en los di- 
ferentes ramos de la obra (Review and Herald, 24 de agosto, 1886). 



voluntad de Cristo. Así obtendrán una rica experiencia. A medida que con fe reciban, 
crean y obedezcan la Palabra de Cristo, se notará la eficiencia del Espíritu Santo en la 
obra de su vida. Se notará una intensidad de esfuerzo ferviente. Albergarán una fe que 
obre por amor y purifique el alma. Los frutos del Espíritu se verán en la vida (Obreros 
evangélicos, p. 368). 



Jesús reprochó a sus discípulos por su incredulidad. La incredulidad está en la base de 
todo pecado y de toda iniquidad, porque tuerce lo que está derecho. En cambio la fe es 
"la certeza de los que se espera, la convicción de lo que no se ve". Cuando llegamos a 
ser como niños que nos sentamos a los pies de Jesús para aprender cómo ser abne- 
gados y cómo vivir por fe cada palabra que sale de la boca de Dios, entonces nuestras 
almas encontrarán descanso y paz (Ellen G. White 1888 Materials, p. 369). 

Pero algunos dudaban. Siempre será así. Hay quienes encuentran difícil ejercer fe y se 
colocan del lado de la duda. Los tales pierden mucho por causa de su incredulidad. 

Ésta fue la única entrevista que Jesús tuvo con muchos de los creyentes después de su 
resurrección. Vino y les habló diciendo: "Toda potestad me es dada en el cielo y en la 
tierra". Los discípulos le habían adorado antes que hablase, pero sus palabras, al caer 
de labios que habían sido cerrados por la muerte, los conmovían con un poder singular. 
Era ahora el Salvador resucitado. Muchos de ellos le habían visto ejercer su poder sa- 
nando a los enfermos y dominando a los agentes satánicos. Creían que poseía poder 
para establecer su reino en Jerusalén, poder para apagar toda oposición, poder sobre 
los elementos de la naturaleza. Había calmado las airadas aguas; había andado sobre 
las ondas coronadas de espuma; había resucitado a los muertos. Ahora declaró que 
"toda potestad" le era dada. Sus palabras elevaron los espíritus de sus oyentes por en- 
cima de las cosas terrenales y temporales hasta las celestiales y eternas. Les infundie- 
ron el más alto concepto de su dignidad y gloria. 

Las palabras que pronunciara Cristo en la ladera de la montaña eran el anuncio de que 
su sacrificio en favor del hombre era definitivo y completo. Las condiciones de la expia- 
ción habían sido cumplidas; la obra para la cual había venido a este mundo se había 
realizado. Se dirigía al trono de Dios, para ser honrado por los ángeles, principados y 
potestades. Había iniciado su obra de mediación. Revestido de autoridad ilimitada, dio 
su mandato a los discípulos: "Id, pues, y haced discípulos entre todas las naciones, 
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándoles 
que guarden todas las cosas que os he mandado: y he aquí que estoy yo con vosotros 
siempre, hasta la consumación del siglo" (El Deseado de todas las gentes, p. 758). 

A algunos les es difícil ejercer fe, y se unen con los que dudan. Los tales pierden mu- 
cho por su incredulidad. Si controlaran sus sentimientos y no permitieran que la duda 
proyectara una sombra sobre su mente y la mente de otros, ¡cuánto más felices y más 



útiles serían! Cierran la puerta a muchas bendiciones de las cuales podrían disfrutar si 
se negaran a colocarse junto con los que dudan, y, por el contrario, hablarían de espe- 
ranza y valor {Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1085). 

Es su privilegio confiar en el amor de Jesús para la salvación, de la manera más plena, 
más segura y más noble; tiene Ud. el privilegio de decir: él me ama, me recibe; confiaré 
en él, porque dio su vida por mí. Nada disipa tanto la duda como el ponerse en contacto 
con el carácter de Cristo (Testimonios para los ministros, p. 526). 



Martes 18 de marzo 

El discipulado y el Evangelio 

Poco antes de su ascensión a su trono celestial. Cristo comisionó a sus discípulos para 
que fueran a todo el mundo como maestros de justicia... Entre los creyentes que reci- 
bieron la comisión había muchos que provenían de las clases sociales más humildes: 
hombres y mujeres que habían aprendido a amar a su Señor y que habían decidido se- 
guir su ejemplo de servicio abnegado. A esos humildes seres de talentos limitados, tan- 
to como a los discípulos que habían estado con el Salvador durante los años de su mi- 
nisterio terrenal, se les dio el encargo de ir a "todo el mundo y predicar el evangelio a 
toda criatura" (Marcos 16:15)... 

A los miembros de la iglesia cristiana primitiva se les encomendó un sagrado depósito. 
Habían de ser los ejecutores del testamento por el cual Cristo había legado al mundo el 
tesoro de la vida eterna... Los creyentes de todos los tiempos comparten el legado en- 
tregado a los primeros discípulos. Dios desea que todo creyente sea un ejecutor de la 
voluntad del Salvador... La labor abnegada del pueblo de Dios en el pasado es para 
sus siervos de la actualidad una lección objetiva y una inspiración. Hoy el pueblo de 
Dios ha de ser celoso de buenas obras, ha de apartarse de toda ambición mundana pa- 
ra caminar humildemente en las pisadas del humilde Nazareno que anduvo haciendo 
bienes. Los creyentes, libres del orgullo y el egoísmo, deben esforzarse por honrar a 
Dios y avanzar su obra en el mundo. Con simpatía y compasión deben ministrar a 
aquellos que están en necesidad de ayuda y buscar aliviar los sufrimientos de la huma- 
nidad. Al realizar esta obra serán ricamente bendecidos y verán muchas almas gana- 
das para el Salvador, porque la influencia de llevar adelante la gran comisión es irresis- 
tible. Tal actividad requerirá laborioso esfuerzo, pero tendrá su recompensa al salvarse 
almas que están por perecer. 

Los miembros de la iglesia remanente de Dios de nuestros días dependen demasiado 
de los ministros para que cumplan la orden de Cristo de ir por todo el mundo con el 
mensaje del evangelio. IVIuchos pierden de vista que la gran comisión ha sido dada no 
sólo a quienes son ordenados para predicar sino también a los miembros laicos. Es un 
error fatal suponer que el trabajo de salvar almas depende solamente del ministro or- 
denado. Todos los que reciben la vida de Cristo son llamados a trabajar por la salva- 
ción de sus prójimos (Review and Herald, 24 de marzo, 1910; parcialmente en, En 
lugares celestiales, p. 339). 



Miércoles 19 de marzo 
La comisión en Lucas 

Después de la crucifixión y resurrección de Cristo, sus discípulos escucharon sus lec- 
ciones de verdad con admiración y asombro, pues les parecían como nuevas ideas pa 
ra ellos. Pero él les dijo: "Estas son las palabras que os hablé, estando aún con voso- 
tros... Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras" (Lu- 
cas 24:44, 45). La verdad se está desplegando constantemente, y presenta nuevos as- 
pectos a las diferentes mentes. Todos los que cavan en las minas de la verdad descu- 
brirán constantemente ricas y preciosas gemas. Estamos ansiosos de que todos los 
que pretender creer la verdad que ahora se presente ante nosotros, y especialmente 
los que tienen la responsabilidad de enseñar la verdad a otros, posean un concepto 
más claro ellos mismos del importantísimo significado de los temas de la Biblia (Mensa- 
jes selectos, tomo 1, pp. 472, 473). 

Contemplaron ellos las manos y los pies heridos por los crueles clavos. Reconocieron 
su voz, que era como ninguna otra que hubiesen oído. "Y no creyéndolo aún ellos de 
gozo, y maravillados, díjoles ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le presenta- 
ron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y comió delante de ellos". "Y 
los discípulos se gozaron viendo al Señor". La fe y el gozo reemplazaron a la increduli- 
dad, y con sentimientos que no podían expresarse en palabras, reconocieron a su re- 
sucitado Salvador... 

Cuando Jesús se encontró con sus discípulos les recordó lo que les había dicho antes 
de su muerte, a saber, que debían cumplirse todas las cosas que estaban escritas 
acerca de él en la ley de IVIoisés, en los profetas y los salmos. "Entonces les abrió el 
sentido, para que entendiesen las Escrituras; y díjoles: Así está escrito, y así fue nece- 
sario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predi- 
case en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones 
comenzando de Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas". 

Los discípulos empezaron a comprender la naturaleza y extensión de su obra. Habían 
de proclamar al mundo las verdades admirables que Cristo les había confiado. Los 
acontecimientos de su vida, su muerte y resurrección, las profecías que indicaban estos 
sucesos, el carácter sagrado de la ley de Dios, los misterios del plan de la salvación, el 
poder de Jesús para remitir los pecados, de todo esto debían ser testigos y darlo a co- 
nocer al mundo. Debían proclamar el evangelio del paz y salvación por el arrepenti- 
miento y el poder del Salvador (El Deseado de todas las gentes, pp. 744, 745). 



Jueves 20 de marzo 
"Testigos de estas cosas" 

Justo antes de su ascensión el Señor ordenó a sus discípulos: "Id por todo el mundo y 
predicad el evangelio a toda criatura". Una y otra vez les fue recordado su deber. El día 
de su resurrección, cuando se encontró con sus discípulos en el aposento alto, "les 
abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está es- 
crito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer 
día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en to- 



das las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas co- 
sas". Esta gran obra requería gran eficiencia. La marea de iniquidad era fuerte porque 
un enemigo poderoso estaba en comando de las agencias del mal y los seguidores de 
Cristo podrían resistir y vencer a los poderes de las tinieblas únicamente por la ayuda 
que Dios les daría. Jesús les aseguró: "Pero recibiréis poder, cuando haya venido so- 
bre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén en toda Judea, en 
Samaría, y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1 :8). No había límites a su labor: debían 
extenderse a todo el mundo. Pero primero debían realizar su tarea donde estaban; los 
más cercanos debían ser los primeros en recibir su atención y Jerusalén habría de ser 
el campo de labor más difícil, porque aquellos que habían recibido mucha luz pero la 
habían rechazado y despreciado, serían los más duros en reconocerlo. En ese lugar los 
discípulos enfrentarían peligros específicos porque se confrontarían con las tradiciones 
que debían remover para que se revelasen, iluminadas por la lámpara de vida, las jo- 
yas de la verdad... 

¡Cuan poco se comprende la misión de Cristo! ¡Cuan poco se aprecia su condescen- 
dencia para dejar su trono en el cielo y descender hasta la cruz del Calvario! Y sin em- 
bargo allí, en la cruz, está el comienzo y la fuente de toda misión. Allí es donde los 
mensajeros del evangelio reciben su inspiración que los lleva a predicar desde los 
círculos más cercanos a ellos hasta alcanzar todo el mundo. 

Todos los seguidores de Cristo son obreros juntamente con Dios. Llenos de su Espíritu, 
en simpatía con él, y teniendo su mente, dedican toda su energía en bien de la salva- 
ción de las almas, comenzando en su propia esfera. Cristo espera -en verdad requiere- 
que todos los que dicen ser sus discípulos den su primera consideración a esta tarea. 
En eso mostrarán su verdadera estima por Cristo y su simpatía por quien dio su vida 
para salvar al mundo. 

Todos los que reciben el mensaje deben repetirlo a quienes tengan la oportunidad de 
alcanzar. El Señor los elevará por encima del angosto círculo que les indica su egoís- 
mo. Todas las líneas territoriales y las distinciones artificiales de la sociedad quedan 
abolidas; todas las diferencias entre conocidos y extraños, entre amigos y enemigos, 
desaparecen, porque él nos enseña a ver cada persona como nuestro hermano y al 
mundo como nuestro campo de labor (Signs ofthe Times, 7 de marzo, 1892). 



Viernes 21 de marzo 
Para estudiar y meditar 

El Deseado de todas las gentes, pp. 725-768; Los hechos de los apóstoles, pp. 9-